El placer de aprender y de enseñar karate por Mabuni Kenei

Extracto del libro de Mabuni Kenei “El camino de la mano vacía”

El principio de mi padre en cuanto a la enseñanza del karate reposa sobre el respeto de la particularidad de cada alumno y la valorización de su individualidad. La práctica del karate se centra sobre el aprendizaje y el ejercicio de la repetición de los katas.

Estos se componen de sesenta y seis secuencias para los más largos y alrededor de veinte secuencias para los más cortos; los cuales ejecutamos secuencia a secuencia con exactitud. Cada uno puede encontrar su motivación en el aprendizaje de los katas según el objetivo que uno se marque en su práctica del karate; es una buena manera de preservar la salud física, pero si lo que buscamos es la eficacia marcial, podemos ejercitarnos con la ejecución de los katas estando atentos a su descomposición (bunkai) donde el estudio ofrece una fuente inagotable de técnicas de combate. En fin, que importa el objetivo de cada uno, lo que es seguro, es que el espíritu y las técnicas del karate se engloban en los katas. Mi padre tenía la costumbre de decir: “El karate empieza con los katas y termina con los katas”.

Shito-ryu se ramifica en diferentes corrientes y si observamos el karate de cada uno de los responsables de estas corrientes, nos daremos cuenta que todos tienen un estilo diferente. Pero esta diferencia de estilo entre sus enseñantes es tan grande que nos puede parecer imposible que fuesen discípulos de mi padre. La diferencia de estilo entre estas personalidades se explica, por lo menos de una parte de ellos, por el cambio de tendencias en el propio estilo de karate de mi padre. Pero creo también que es el resultado de la actitud que tenía mi padre en su manera de enseñar respetando la particularidad, siguiendo la personalidad forzosamente diferente según los individuos.

Hoy día, el aprendizaje de los katas puede hacerse con la ayuda de videos o libros cada día mas abundantes en el mercado, que, con imágenes como apoyo, muestran los detalles técnicos como si todo practicante debiera ejecutar los movimientos conforme a las imágenes. Estos medios tan recientes tienen el merito de fijar los katas en una forma determinada y confirmada, pero está el reverso de la medalla ya que elimina de golpe la particularidad que debería existir entre ejecutantes. Esta uniformización, es la consecuencia del empleo de estas técnicas, es visible al primer golpe de ojo cuando vemos las competiciones: vemos que los competidores trabajan muy seriamente sus katas pero sus katas no expresan ninguna personalidad, como si comiéramos bombones confeccionados industrialmente con la misma forma y el mismo gusto. Escribo esto porque antaño bastaba ver la ejecución de un kata para adivinar de quien era discípulo el ejecutante, tan era la diferencia estilística de los enseñantes.

Creo que hace dos o tres años, un practicante que había aprendido karate desde hace tiempo en diferentes corrientes de Shito-ryu vino a mi dojo portando el cinturón blanco, sin duda para buscar la salida de un callejón sin salido al cual había llegado su karate. Al cabo de algunos meses, me comento: “Maestro, solo corrige una sola cosa en cada entreno”. Y añadía con un aire de jovialidad: “Creo que he progresado mas en estos meses que en todos los años anteriores”, No digo esto por vanidad pero si para decir que afronto mi enseñanza del karate evitando meter al individuo en un molde preconcebido, mi principio es el de enseñar de una manera que me parece la más simple para comprender.

Cara a los niños, hace falta tener espíritu lúdico

Desde mi más tierna infancia, hasta mi edad avanzada de hoy, he estado practicando siempre karate. Esta permanencia en mi aprendizaje a lo largo de mi vida me ha ayudado mucho para enseñar esta disciplina. El hombre cambia con la edad y de este hecho, cuando enseña, importa de su saber a la franja de edad a cual pertenecen sus alumnos. Cada vez que estoy frente los alumnos, intento de volver hacia atrás en mi experiencia personal para recordar lo que yo era cuando tenía la misma edad que mis alumnos. Por ejemplo, no es posible enseñar de la misma manera a adultos que a niños, estos últimos no entienden las teorías complejas. Entonces, cuando estoy con niños, intento volver a mi infancia, como si hiciese un juego de niños con ellos, incluso agachándome haciendo que mi mirada quede al mismo nivel que ellos. Adoptando esta actitud, los niños parecen ser más accesibles. Así mismo con los adolescentes o los estudiantes, hay que cambiar de actitud en función de lo que corresponda a su edad. Quiero decir que lo importante para la enseñanza es de acercarnos a ellos y no pedirles que sean ellos que adapten a la enseñanza.

En japonés hay un término “yûzû”, que podría traducirse como “flexibilidad en el espíritu”. Tomemos el agua como ejemplo: el agua no escoge si misma por donde va fluir y las materias sobre las que va a fluir. Ella fluctúa y refluye según el estado del lugar donde se encuentra, obedeciendo a la ley natural. Esta característica, es la llamamos en el budismo el concepto de sabiduría expresada por la pareja de palabra “yûzû-muge” o “sabiduría – sin resistencia”. Adoptando tal actitud hacia los otros, nos encontramos sobre un pie de igualdad y estamos liberados de toda diferencia que separa a los individuos, sea cual sea la edad o la lengua, el momento que pasamos juntos transformando un lugar de intercambio dominado por el sentimiento de alegría de estar con otros. He conocido muchos países, sin lugar a dudas he visitado más que lo me falta por conocer, naturalmente he conocido muchos pueblos, con culturas y religiones diferentes, pero me he dado cuenta que esta diferencia que separa a los individuos los unos de los otros no es una barrera para el entendimiento mutuo, a condición de ponerse uno frente al otro con una actitud de flexibilidad y de igualdad.

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