Soke Mabuni

Prólogo del libro de Mabuni Kenei: “El camino de la mano desnuda”

Nací en el séptimo año de la era Taisho, es decir en 1918. Soy un viejo hombre que seguramente el karate, es el que me ha permitido tener tal longevidad, lo que me confiere un sentimiento de reconocimiento a este arte marcial el cual siempre he practicado.

Mabuni Kenwa, mi padre y fundador de la escuela Shito o Shito ryu, tenía la costumbre de decir que todo el mundo, hombre o mujer, joven o viejo, podía practicar karate. En efecto, cada uno puede hacer como más le convenga. Unos lo práctican como un deporte que permite mantenerse en forma y otros lo practican para el conocimiento de sus técnicas y su aplicación a la defensa personal o en combates reales, pues cada uno es libre de elegir su propio objetivo según sus gustos. Pero el karate no se resume solo en ejercicio físico. La práctica del karate o la del camino del karate no tiene eficacia exclusivamente para la «cultura del cuerpo», también tiene un aspecto rico para la «cultura del espíritu».

Cuando era niño, veía a mi padre, entrenarse en nuestro jardín, bajo una simple bombilla, repitiendo una y otra vez sus golpes contra el makiwara o haciendo musculación con sus instrumentos fabricados con piedras y palos de madera, en esa época, el maestro Itosu no había constituido su dojo abierto al gran público y no se podía ir cuando queríamos ya que cogía solo algunos individuos en número muy restringido, para transmitirles sus enseñanzas.

En fin, lo que sí es seguro, es que nací en este entorno ocupado por el karate tal como sigo viviendo hoy en día, desde que la desaparición de mi padre en la era Showa (1952), he seguido entrenándome cotidianamente cuatro horas por día.

Cuando finalice mis estudios, me traslade durante un año a Tokio, al dojo del maestro Konishi afín de enseñar karate y aprender mi futuro oficio, “kinesiterapia” desarrollada en la disciplina del Judo.

La sucesión de mi padre

A medio camino de mi vida consagrada al karate al lado de mi padre, la guerra estalló y en enero de 1940, me incorpore al 8˚ regimiento de Osaka, para enseguida partir para Taiwan y la isla Cebu, en las Filipinas, al final de la guerra fui hecho prisionero. Volví a Japón en diciembre de 1945. Durante este tiempo mi padre había empezado a enseñar en algunas universidades, de las cuales salieron un número de alumnos que más tarde construyeron a la creación del “Zen Nippon Karate do Renmei”, «Federación japonesa de la vía del karate».

A mi vuelta, mi padre se ocupaba de la enseñanza del karate en las escuelas superiores de la región de Osaka, siempre le acompañaba para asistirle. Durante siete años desde el final de la guerra hasta la muerte de mi padre, en 1952, fui su colaborador más cercano continuando a la vez formándome con sus enseñanzas.

He aprendido mucho a su lado, pero tengo que reconocer que solamente hoy es cuando empiezo apenas a darme cuenta del sentido de lo que aprendí a su lado. Solo imitaba lo que me enseñaba por lo que estaba lejos de percibir el verdadero sentido de su enseñanza. He necesitado tiempo para digerir su visión técnica y espiritual, y en reconocer su verdadero valor.

Mi primer viaje que hice a un país extranjero fue Méjico. Era el año 1962, algunos años antes Murata Yoshinobu, antiguo alumno de la universidad de las lenguas extranjeras de Osaka y uno de mis alumnos, fue enviado por su empresa una compañía farmacéutica, dado la naturaleza de su trabajo tubo que relacionarse con políticos abogados y médicos de los cuales le pidieron que les enseñase el karate. Llegado a Méjico enseñe karate durante cuatro meses. Desde ese primer viaje, he vuelto a América Central o América del sur una vez cada dos años, visitando países como Guatemala, Honduras, el Salvador, Panamá, La república Dominicana, etc.

En 1973 visité por primera vez diferentes países asiáticos, hoy día numerosas escuelas de karate están presentes en Australia, vuelvo regularmente a Europa desde mi primer viaje a España en 1979, he visitado Portugal, Italia, Suiza, Alemania, Bélgica, Mónaco y Francia.